Ley de Telecomunicaciones y Medios de Comunicación

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Por Gonzalo Perera

Ningún ingeniero vial proyecta una carretera sin considerar el tipo de tráfico que soportará. Así pues, las obras de Vialidad y la intensidad y características del tráfico automotor son dos niveles de estudio de la logística rutera que son absolutamente inseparables.

Uno carece de sentido sin el otro.

Algo similar ocurre con la Telecomunicaciones y los Medios de Comunicación, o más en general, el complejo de las industrias culturales. Porque una red de enorme capacidad de transmisión sin contenidos que distribuír es fría osamenta. Y un excelente contenido cultural sin red que lo distribuya y lo haga accesible y disfrutables, es un secreto y desperdicio.

De tal modo, quien piensa en posibles mapas estratégicos para las Telecomunicaciones, no puede prescindir jamás de considerar muy a fondo la realidad de los medios de comunicación Más aún cuando en la vecina orilla, la valiente y en buena parte envidiable Ley 26.522 de Servicios de Comunicación Audiovisual ha desencadenado una guerra política sin cuartel entre el Grupo Clarín y la más rancia derecha argentina, por un lado y el gobierno encabezado por Cristina Fernández de Kirchner. El mismo gobierno que afectara los intereses de la gran oligarquía rural, que renacionalizara las AFJP ( equivalentes de nuestras AFAP), que mantuviera una inclaudicable política de Verdad y Justicia sobre las violaciones a los Derechos Humanos de la dictadura militar y que generara varias políticas sociales de clara intención inclusiva, como la asignación familiar por hijo, la inversión en obra de infraestructura pública, la apuesta universalización de la formación secundaria, etc.

En Argentina quizás no corresponda hablar de un gobierno revolucionario, con la intensidad e innovación de los gobiernos de Evo o Rafael Correa, para citar dos ejemplos paradigmáticos de gobiernos que en lapsos similares al argentino han procesado muy profundas reformas estructurales e institucionales. Pero el accionar del gobierno argentino merece atención y compañía, y la colosal guerra que enfrenta al meter una incómoda lupa en la realidad del poder mediático, hace inevitable reflejarse en dicho espejo y pensar qué haremos nosotros, en nuestro segundo gobierno del FA.

Pongamos un poco de marco teórico a la discusión. Stanislaw Ossowski fue uno de los exponentes centrales de la sociología polaca. Fallecido en 1963, fue considerado por muchos una expresión heterodoxa de la teoría marxista.

En tiempos en que tantos abandonaron despavoridos al gran maestro de Tréveris para hundirse (literalmente) en las obras de Paulo Coehlo, en tiempos que la deificación del mercado y la tecnocratización de la sociedad ha sembrado bajo el frondoso árbol de la izquierda, indisimulados brotes de elitismo intelectual y político, santificados por los indispensables Ph D de las principales universidades de la metrópoli, recordar la existencia de pensamiento marxista vivo, polémico, en permanente gestación, hace casi 50 años, es francamente revitalizador. Ossowski puede ser recordado por diversos aportes.

Me gustaría traer a colación uno, el concepto de los medios de coacción y su propiedad, como alternativa (incluyente) a la clásica remisión a la propiedad de los medios de producción. Y me gustaría ejemplificar este concepto y aterrizarlos de manera muy concreta en los principales medios de comunicaciones (Canales de TV y principales radios).

Formalmente, en el Uruguay, el «propietario � de un canal de televisión o radio no es más que el permisarios, habilitado a utilizar cierta parte del espectro de radiofrecuencias con determinados fines. Simple depositario de permisos que son o bien provisorios o bien revocables.

Desde tal ángulo de análisis, los grandes broadcasters no son propietarios de grandes medios de producción.

Sin embargo, todos sabemos cuán fuerte pueden moldear la opinión pública instalando temas y sensaciones en la agenda, sesgando la opinión hacia ciertas posiciones, cuán anhelados son sus créditos o flexibilidades de pago en campañas electorales, etc.

Esta capacidad de intimidación y coacción lleva a que difícilmente salgan del tablero de ajedrez con menos unas «tablas � bien conseguidas. Si alguien tiene la peregrina idea de que, al igual que en casi todo el mundo, las regulaciones y controles sobre estas concesiones revocables sean aumentadas o revisadas en profundidad, debe prepararse a recibir un buen baño de opinión pública adversa, pues se habrá ganado la animadversión de quienes en buena medida la moldean. Así, lo provisorio se hace eterno e irreversible, y un enorme poder fáctico se concentra en muy pocos.

Este es un ejemplo paradigmático de la aplicación de un medio de coacción, donde ya poco importa que en realidad el braodcaster no sea propietario de las frecuencias públicas y su impacto social, pues difícilmente alguien intente ya no quitárselas, sino apenas limitarlas en su expansión y poderío.

Es éste y no otro, el fenómeno suscitado en Argentina por la Ley 2526.522, despectivamente titulada por la derecha como «ley K�. Está en disputa el poder, la capacidad de transmitir, amplificar o enmudecer los sonidos y dinámicas de la sociedad. Está en juego el sustento mismo de la sociedad, el equilibrio entre libertad e interés colectivo, que una feroz defensa de «libertad de expresión� in totum erigen como muralla los más eficaces colaboradores de la dictadura militar cuando sienten el más mínimo grado de amenaza a que la sociedad les diga «no vale todo, no hay ciudadanos que nacieron broadcasters y otros meros televidentes o radioescuchas�. La ferocidad e infantilismo reacción de Clarín y la derecha es la impávida sorpresa de quien todo lo ha podido, cuando la sociedad por vez primera le pone límites. Una suerte de niño de 3 años, pero multimillonario, forjador de agenda y torcedor de balanzas.

En este segundo gobierno del FA, aprovechando los vientos pamperos, debe ponerse en el foco la situación de los medios de comunicación audiovisual.¿ Es verosímil que un país donde más del 50% vota al FA, no exista ningún gran broadcaster con afinidad con nuestra fuerza política, sino que- más allá de la filiación ideológica y profesionalidad de los periodistas, que es otro tema- muy por el contrario, todos tengan muy antiguo y sólidos vínculos con los partidos tradicionales? ¿ Se da cuenta la gauche caviar, la izquierda de barrios y estilos de vida acomodado, que frunce el ceño ante toda forma de «populismo� y que manifiesta un ancestral aversión ante nuestra hermana Argentina, a la que desprecia por incoherente, corrupta o cambalache político, que los programas de mayor rating en nuestra TV son las peores producciones de la vecina orilla? ¿ Todos tenemos condiciones razonablemente equitativas de acceso a los grandes medios? Ni somos tan distintos, ni somos mucho mejores a nuestros vecinos de allende el Plata. En materia de medios, a veces somos consumidores culposos y de segunda mano de sus enlatados.

Más allá de un buen baño de humildad que nunca está de más, es hora de comenzar a discutir a fondo cómo queremos que sean nuestro Medios de Comunicación Social en el futuro.