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LA DEMOCRACIA | INFORMACION | 23/08/2013

El proyecto de ley de medios enviado al Parlamento es una gravísima amenaza a la libertad de expresión. Salpicado de algunas buenas intenciones y afirmaciones tranquilizadoras en su comienzo, el documento se desliza luego hacia una visión centralizadora, dirigista y paternalista, mucho más cercana a la de los gobiernos autoritarios que a la tradición democrática de nuestro país.

Las supuestas garantías a la libertad de expresión que da la ley no son más que una formalidad, con las que se intenta disimular la creación de las herramientas y los mecanismos necesarios para lograr una auto censura de los medios en primera instancia, y un control desmedido, arbitrario y sujeto a los caprichos del gobierno de turno si se considera necesario.

Se dice que se prohíbe la censura previa, interferencias o presiones, pero se dedica buena parte del denso proyecto a crear organismos con la misión de controlar los contenidos, sancionar y multar, todos ellos manejados por autoridades nombradas por el gobierno.

Se justifica la aparición de este aparato burocrático de control en aras del "interés público" y de una concepción de los medios como "elemento estratégico para el desarrollo nacional".

Los redactores de la ley piensan que el estado que tiene la potestad de decidir qué debe difundirse y qué no, y que por tanto tiene el derecho de encaminar a comunicadores y empresarios por dónde considere conveniente, y de tratar a la población como un sujeto pasivo e infantil que necesita ser tutelado por el estado para no exponerse a mensajes que difundan "percepciones estereotipadas, sesgadas o producto de prejuicios sociales".

Se agregan a la mezcla más ambigüedades y definiciones imprecisas, exigiendo que los medios respeten "la pluralidad, la inclusión, la diversidad". Un fin noble sin duda, pero el gran problema surge cuando nos damos cuenta que no queda claro cómo se define qué es plural y qué no, qué es inclusivo y qué no, etc. Es muy contradictorio defender la pluralidad mediante un puñado de funcionarios en una oficina, decidiendo qué merece debe difundirse.

No es multando a tal o cuál medio por no difundir el tipo de contenidos seleccionado y sugerido por un consejo, que se va a garantizar la pluralidad. Es más bien por el camino contrario, dejando que exista multiplicidad de medios, abarcando tantos intereses como existen en una sociedad y como pide el público.

De concretarse la aplicación de esta ley, pasaremos de un intercambio en el que los medios proponen una programación y ajustan sus propuestas según el interés y la respuesta de la gente, a un panorama audiovisual en el que los medios son una herramienta del estado, subordinada a los intereses del gobierno de turno y las audiencias tratadas como meros destinatarios a los que se les ofrecerá solamente aquello que se considera ajustado al interés público y al desarrollo nacional.

Por supuesto "interés público" y "desarrollo nacional" son en este caso términos grandilocuentes y absolutamente vacíos de contenido, usados como comodín para justificar arbitrariedades. Si algo debe tener la ley, sobre todo en temas tan sensibles, es precisión. Aquí se ha dejado la precisión de lado, para poder abrir puertas a los abusos cuando sea posible.

¿Será contrario al desarrollo nacional y al interés público informar sobre el crecimiento de la delincuencia, la violencia y la desintegración social que vivimos? ¿Ofenderá la identidad nacional y perjudicará el crecimiento del país contar el paupérrimo estado de la salud o de la educación? El gobierno está empeñado en hacer todo lo posible por defender a los uruguayos de la realidad, y si no tiene las herramientas que precisa para ello las inventa.

El mal menor con esta ley puede ser que veamos en el futuro a una banda de sensores oficiales prohibiendo El Jorobado de Notre Damme o Blanca Nieves y los Siete Enanitos por difundir estereotipos, o quizás Hansel y Gretel sea suprimido por difundir episodios de violencia intrafamiliar y fomentar la omisión de los deberes de la patria potestad. 

Otro escenario bastante más probable es que nos encontremos con lo peor de la izquierda panfletaria y mentirosa, que viene reescribiendo la historia y el presente según su conveniencia desde hace tiempo. Si en esta ocasión no la detenemos, seguirá haciéndolo no solo a través de los parlantes del comité de base, sino usando todos los medios audiovisuales, y tendrá como "audiencia cautiva" a tres millones de uruguayos.

Es lo que sucede cuando se intenta manejar los medios y sus mensajes según los intereses de un partido, y se limita a las personas en su libertad de generar e intercambiar cultura e información entre sí, mediante una tutela oficial de ribetes autoritarios. Se expone quién lo hace al ridículo y deja al país a merced de la tiranía de un grupo de amanuenses del poder.

Verónica Alonso