La civilización digital

ARDUA META REFORMISTA
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¿Sabía usted?
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Carta del Director de El Observador: Ricardo Peirano

Se ha puesto de moda entre nuestros gobernantes proponer ideas para que nadie quede fuera de la revolución digital que está teniendo lugar en el mundo. Especial énfasis se pone en que no queden fuera de dicha revolución los sectores de menores recursos, ya que ello generaría una brecha de conocimientos, aptitudes y habilidades que podrían profundizar diferencias de ingresos o simplemente dejar a muchos fuera de carrera en las tecnologías del futuro.
Y normalmente cuando se habla de “civilización digital” se hace referencia casi exclusivamente al acceso a internet. Para lograrlo, se suelen proponer medidas de subsidios indirectos a los usuarios por la vía de que ANTEL proporcione ese servicio a precios bajos y que, simultáneamente, se restrinja la competencia con empresas privadas a fin de que se pueda preservar el monopolio del ente en la telefonía fija. Incluso hay sectores importantes del Frente Amplio que abogan por dictar una ley de telecomunicaciones que otorgue a ANTEL un monopolio total: no solo telefonía fija sino también móvil y los servicios de transmisión de datos.

Dichas posturas incurren en un doble error. Primero, el de ignorar la importancia de la telefonía móvil como parte fundamental de la “civilización digital”. Y segundo, ignorar el efecto de la competencia para la mejor provisión del servicio de internet o de telefonía celular. En efecto, probablemente la telefonía móvil (que hoy alcanza a 4.400 millones de usuarios, es decir, dos terceras partes de la población mundial) ha sido más eficaz que internet (que alcanza a 1.800 millones de usuarios, es decir, 25% de la población mundial) para reducir la brecha digital y la brecha económica. No hace mucho, The Economist recordaba la historia de una familia de pescadores en una isla perdida del océano Indico. Antes de la llegada de la telefonía celular a su isla, debían vender el producido de su faena pesquera en el puerto de la misma. Una vez introducido el teléfono móvil, desde la barca se comunicaban con varias ciudades cercanas y llevaban su mercadería al puerto en el que conseguían mejor precio. Sus ingresos se multiplicaron rápidamente.

El segundo error proviene de pensar que las soluciones para reducir la brecha digital o para mejorar la “inclusión digital” deben provenir del Estado y de la restricción de la competencia. Lo ocurrido en Uruguay en el mercado de la telefonía móvil da un profundo mentís a esta suposición. Tres empresas compitiendo –dos de ellas privadas y una estatal– han logrado que la penetración celular sea del 120% aproximadamente, cifra muy similar a la existente en Europa y en Estados Unidos. La calidad de los servicios ha mejorado notablemente y los precios de los mismos se han reducido significativamente, al punto tal que son accesibles para la mayoría de la población e incluso para los sectores de menores ingresos. ¿Se hubiera conseguido tan espectacular resultado restringiendo la entrada de operadores privados o seguiríamos tendiendo servicios caros y quizá ineficientes, como ocurre con el de internet? Hace más de un año que el entrepreneur argentino Martín Varsavsky mostró la lentitud de la internet uruguaya. Poco se ha hecho para mejorar ese déficit y es algo que muchas empresas necesitan para su trabajo y su conexión con el exterior o para que se desarrolle más el teletrabajo. Pero en la provisión de internet no hay competencia…

Si queremos reducir la brecha digital, preocupémonos más de fomentar la competencia que de otorgar subsidios. Competencia y no subsidios estatales permitieron que hubiera en Uruguay más de tres millones de celulares. Hagamos lo mismo con internet y ya veremos los resultados.