Cuestión de respeto. EDITORIAL

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EL OBSERVADOR 10/08/2012

POR EDUARDO HÉGUY TERRA ES DOCTOR EN DERECHO Y CIENCIAS SOCIALES

Los hechos que dieron lugar a la decisión de Vamos Uruguay de retirar a sus siete representantes de los entes y de los organismos públicos en los que habían sido designados por acuerdo con el gobierno del Frente Amplio, merecen, por su importancia y excepcionalidad, una reflexión atenta y desapasionada. En primer lugar corresponde recordar que el ofrecimiento a toda la oposición que hizo el presidente José Mujica en los primeros días de su mandato, constituyó un hecho sin duda positivo. Con mayorías en el Parlamento, el gobierno no necesitaba negociar otros respaldos políticos. Los antecedentes de gobiernos anteriores tampoco le marcaban ese camino. De no haberlo hecho, nadie se lo hubiera podido reprochar. Los partidos de la oposición aceptaron el ofrecimiento y designaron a sus representantes. Algunos de ellos tenían un perfil técnico, otros, en cambio, eran políticos. En su conjunto, puede decirse que el episodio generó la expectativa de que una actuación integrada sería más eficiente y con mejores controles.

El presidente, un viejo tupamaro que accedió a la candidatura por su partido a la primera magistratura mediante un pacto con el Partido Comunista, lograba así -distribuyendo algunos cargos, pero sin afectar a las mayorías-, mejorar su imagen política hacia el centro y obtener una mirada más amigable por parte de la oposición. En los primeros meses de su mandato lo consiguió. Pero el tiempo pasó y nuevos acontecimientos dieron lugar a fricciones, interpelaciones y fuertes desacuerdos. Un tema grave y muy irritante para blancos y colorados lo constituyó la derogación de ley de Caducidad, pasando por arriba de un doble pronunciamiento de la ciudadanía en las urnas.

Por otra parte, el desempeño de los representantes de la oposición en entes y organismos, no fue parejo. En unos casos, como al parecer en ANCAP, según declaraciones de su presidente Raúl Sendic, se trabaja en armonía constructiva. En otros, como es el criterio de Luis Alberto Heber, se prioriza el contralor sobre la gestión de la mayoría. Otras situaciones, en cambio, constituyeron un rotundo fracaso, como fue el caso del doctor Carlos Guariglia, representante de Vamos Uruguay en ANTEL, a quien no se le dio el trato que su investidura requería, al punto de que en una entrevista en una radio, el periodista, después de oírlo relatar sus desventuras en el directorio, concluyó que estaba "pintado", a lo cual el entrevistado precisó "al óleo". Inadmisible. En el descalabro de Pluna, se advierte que no fue suficiente la presencia de un representante del Partido Nacional en el directorio de Pluna Ente para evitarlo. Quien mejor ejerció las tareas de control fue, por lejos, el senador Carlos Moreira, quien no integra el directorio. Tampoco sirve de mucho la participación de la oposición, siempre en minoría, en las comisiones binacionales con Argentina.

En ese contexto, a raíz de las fundadas críticas al gobierno en materia de educación, seguridad, salud, fuerzas armadas y relaciones exteriores, la senadora Lucía Topolansky, quien además es la primera dama, reclamó que, si la oposición estaba en desacuerdo, debería devolver los cargos con los que se había beneficiado. Se callan o se van. Fue el primer anuncio de que la relación se había deteriorado severamente. Muchos nos acordamos de lo dicho con contundencia por Luis Alberto de Herrera, aunque en diferentes circunstancias, "ni me callo, ni me voy". Desde ese momento la temperatura ya no fue la misma. El sector que lidera el expresidente Luis Alberto Lacalle acusó al gobierno de incurrir en actitudes autoritarias, juzgó con severidad el atropello a Paraguay para beneficiar a la Venezuela de Hugo Chávez y rechazó la peligrosa afirmación de que "lo político está sobre lo jurídico".

Para complicar más las cosas, el presidente Mujica, en su particular estilo, hechó nafta al fuego, cuando afirmó, con un dejo entre despectivo y socarrón, que no pedía los cargos a los representantes de la oposición porque no quería condenarlos a "la desocupación". Los tres partidos opositores respondieron indignados por el público destrato. Un sector, sin embargo, decidió no quedarse en declaraciones y fue más allá. Vamos Uruguay, sector ampliamente mayoritario del Partido Colorado, a propuesta del doctor Pedro Bordaberry, resolvió retirar todos sus representantes de los entes y organismos que integraban, salvo la Corte Electoral y el Tribunal de Cuentas. "La ironía es la hija predilecta de la soberbia y perjudica la democracia", afirmó un dolido Fernando Scrigna, abogado representante de Vamos Uruguay en el directorio del Banco de la República. La renuncia, criticada, no fue acompañada por el Partido Nacional y tampoco por el sector minoritario Propuesta Batllista.

Hizo bien Vamos Uruguay? ¿Fue oportuno? ¿Era conveniente tomar distancia del gobierno a dos años de las elecciones? ¿En términos electorales gana o pierde? ¿Quedarse no es dilatar lo inevitable? El tiempo dará cabal respuesta a estas interrogantes. Queda la sensación de que la reacción ante los dichos de la pareja presidencial tiene un alto componente de refrescante dignidad. Pues no es una cuestión de clases, sino de respeto